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Moscú no enviará tropas a Kirguistán, que amplía el estado de emergencia

Las autoridades de Kirguistán declararon ayer el estado de emergencia en una segunda ciudad del sur del país centroasiático, en Jalal-Abad, para tratar de detener los enfrentamientos interétnicos entre kirguises y uzbekos, mientras Rusia declinó prestar asistencia militar para restaurar el orden aunque sí envió ayuda humanitaria. Miles de uzbekos huyen hacia la frontera con Uzbekistán, que permanece cerrada.

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El Gobierno de Kirguistán, desbordado por la ola de violencia étnica que azota la ciudad de Osh y alrededores, y que ya ha causado al menos 69 muertos y más de 900 heridos, pidió ayer a Rusia en envío de fuerzas de paz para restablecer el orden tras dos días de enfrentamientos entre kirguises y uzbekos.

El Kremlin, que sí envió ayuda humanitaria, respondió que se trata de un asunto interno y que «Rusia no ve aún condiciones para participar en su arreglo», aunque celebrará el lunes consultas con los miembros de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva -Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán- para «elaborar medidas colectivas de reacción».

Las autoridades kirguises, mientras tanto, extendieron el estado de emergencia a la ciudad de Jalal-Abad.

Situación desbordada

La presidenta, Rosa Otunbayeva, recalcó que el país necesita de otras fuerzas militares para controlar la situación. «Si anteayer -jueves- necesitábamos medios especiales para disolver a las partes implicadas en los enfrentamientos, ayer -viernes- la situación se desbordó», afirmó.

Además, Otunbayeva anunció la apertura unilateral de su frontera con Uzbekistán para el paso de ancianos, mujeres y niños y aunque señaló que la decisión fue acogida con comprensión por las autoridades uzbekas, la parte uzbeka de la frontera permanecía cerrada.

La presidenta denunció que los choques entre kirguises y la minoría uzbeka, con importante presencia en el sur agrícola del país, han sido provocados por los partidarios del derrocado presidente, Kurmanbek Bakiyev, que tuvo que dejar el cargo el 8 de abril tras una sangrienta revuelta provocada por el alza en los precios y los altos índices de corrupción, que se saldó con 87 fallecidos. Desde que el Gobierno interino asumiera el poder, ha luchado por restablecer el orden, ya que se temía un estallido de violencia étnica en el sur.

El último balance oficial cifró el número de muertos de los dos últimos días en 69, pero Otunbayeva señaló que «el número de víctima es superior». Representantes de la minoría uzbeka, por su parte, dijeron que la inmensa mayoría de ellos pertenecen a su comunidad.

«Se duermen»

El vicepresidente kirguís, Azimbek Beknazarov, pidió ayer la organización de destacamentos de voluntarios tras admitir que «los efectivos de la Policía y el Ejército que fueron enviados al sur para estabilizar la situación están cansados. Se están cayendo de cansancio, se duermen en las carreteras que controlan, En un par de días -agregó- no darán abasto si no llega ayuda adicional, porque físicamente es imposible». Informó de que el intercambio de disparos continuaba y varios edificios seguían ardiendo ayer

Beknazarov señaló que durante la madrugada, sin esperar a su llamamiento, llegó a Osh un destacamento de 300 voluntarios integrado por veteranos de los cuerpos policiales y de la guerra de Afganistán».

Sin embargo, lejos de mejorar, la situación empeora, y el Gobierno extendió ayer el estado de emergencia declarado en Osh a Jala-Abad, a unos 40 kilómetros al norte de la primera. «El territorio de inestabilidad se amplía» dijo Beknazarov.

A mediados de mayo, fue declarado el estado de emergencia durante dos semanas en Jala-Abad, bastión de Bakiyev, a raíz del otro estallido de violencia.

Human Rights Watch (HRW) instó a la comunidad internacional a apoyar al Gobierno kirguís para evitar una escalada en los disturbios. «No hay tiempo que perder. Hay muchos heridos en los barrios uzbekos de Osh, pueden ser varios miles», advirtió en un comunicado.

«Están disparando contra nosotros, nos matan»

«Están disparando contra nosotros, nos matan», grita una mujer uzbeka de 85 años en Markhamat, situada en el sur de Kirguistán y asolada por la violencia interétnica. Como otros cientos de personas desesperadas, busca refugio en Uzbekistán, pero la frontera está cerrada. Sentada en entre el polvo del suelo y portando un velo negro, suplica: «Quiero ir a Uzbekistán, pero la guardia de fronteras no me deja pasar».

Presas del pánico, más de un millar de personas han huido de la región de Osh el segundo día de enfrentamientos. Una larga fila de coches y minibuses, llenos en su mayoría de mujeres y niños, ocupa la congestionada carretera de Markhamat, a pocos kilómetros de la frontera. Con su hija en brazos, un refugiado con ropa tradicional uzbeka muestra su desesperación: «Tengo tres hijas conmigo. Mi único deseo es cruzar la frontera para estar seguros».

Otros han hecho el viaje a pie con sus escasas pertenencias tras abandonar precipitadamente sus casas. Sentadas en el suelo junto al camino polvoriento, con demasiado miedo como para volver atrás, a pesar de que el lado uzbeko de la frontera seguirá cerrado semanas, algunas mujeres secan sus lágrimas.

«Sólo queremos paz en Kirguistán, no queremos la guerra con los kirguises. Somos hermanos, pero la mayoría en Kirguistán no lo entiende».

Siete guardias uzbekos custodian la frontera sobre un puente frente a la multitud que observa el paso, mientras los tanques patrullan de forma regular junto cerca de la frontera.

Los refugiados piden ayuda internacional para poner fin a la violencia. Un hombre recuerda que desde la independencia kirguís, en 1991, las tensiones étnicas han existido en la región y asegura que sólo una intervención exterior puede restaurar el orden. Bakhrom MANANOV (AFP)

alarma

Uzbekistán se mostró ayer «extremadamente alarmada e inquieta» por la violencia interétnica en Kirguistán y consideró que los enfrentamientos fueron provocados para prender las tensiones raciales en la región.

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